Del otro lado (del espejo)   Leave a comment

para Héctor Manrique y Mario Silva, por igual

1.

Cola en Caracas. Otro día más. Las colas son no-lugares perfectos para pensar, pero sometidos a excesos y presiones emocionales muy difíciles de tolerar sin el acompañamiento de otra voz humana. Y por más discos que uno pueda quemar y cargar en el porta CD del carro, uno se cansa del encierro y decide encender un rato la radio. Vaga un rato por el dial, hasta que consigue el programa, y se queda escuchándolo un rato. Se trata de dos locutores, en un programa que, en principio, constituye a mi modo de ver una buena idea: ella, periodista, deja muy en claro tras pocos minutos su postura política radicalmente opositora, y él, abogado, hace lo propio del otro lado de la barrera. Son equilibristas, chavista y opositora, mas no se percatan de que comparten la cuerda floja. Tras un rato de malabares, resulta inevitable entrar en los puntos neurálgicos del debate, y ambos terminan alzando sus voces, interrumpiéndose a mitad de oración (para contradecirse) y al poco rato, hablando los dos a la vez, como locomotoras, sin escucharse el uno al otro más allá de las primeras dos o tres palabras, sin pretender entenderse, ni reflexionar, ni debatir, empeñados obsesivamente por acallar la voz del otro con la propia, o por desestimar los argumentos del otro bordeando el precipicio del argumento ad hominem o del insulto. La escena, que no podría resultar más titánica, me atormenta a grado tal que apago el aparato de un manotazo y me quedo con el silencio hasta nuevo aviso. Cola en Caracas. Otro día más.

2.

Días después me pregunto, aún con la imagen en la cabeza, quién de los dos tendría, si fuera ello posible, la razón. A ratos pienso que ambos, o ninguno. O que podrían tenerla en esto sí y en aquello no, o a medias en lo mismo, o qué sé yo. Pero me irrita la idea, salida no sé de dónde, de que debo escoger entre ambas posturas maniqueas, que debo aliarme con alguno de los bandos de una guerra anunciada antes que yo tuviera edad para votar. Y me pregunto, también, a qué intereses sirve el que yo termine pensando así; quiénes se benefician de que uno escoja, de que uno se pinte de un color o de otro, como si el ejercicio político fuera un partido de fútbol, en lugar de un complejo panorama de negociaciones. El viejo Aristóteles, a quien leí en la universidad, decía, si no me equivoco, que de los hombres involucrados en la Maratón, a saber: el corredor, que compite con sus adversarios; el juez, que dictamina la contienda; y el público, que contempla y piensa lo que quiera, él prefería a los últimos, ya que al hallarse a una distancia prudencial de lo que ocurre, podían ser más libres en su opinar, podían cambiar de opinión, arrepentirse, incluso cambiar de bando por un instante o manifestar su preferencia. Los espectadores, lejos de ser indiferentes, eran libres pensadores: se hallaban en la posición más privilegiada, la del crítico, la del hombre contemplativo. A esos hombres contemplativos, a menudo hoy día los llamamos “ni-ni”, no sin un dejo de desprecio al repetir la sílaba nasal. ¿Y no será, me pregunto yo, porque jueces, corredores y público se han amalgamado en la misma postura, en el mismo discurso totalizador e irreflexivo, brutal e inflexible como un espadazo?

O eso le conviene a los titanes, enemigos declarados del Olimpo y sus democracias, del ágora y del debate, a quienes conviene un panorama tribal, simple, de venganzas y retaliaciones, de sed de sangre y de un modelo de justicia lo más visceral posible. Nos hace falta, sin duda alguna, menos épica y más tragedia: más Orestes y menos Aquiles, más Hamlet y menos Bolívar.

Recordemos lo que le ocurrió en la mitología griega a los titanes.

3.

Hay una Venezuela real atrapada entre ese duelo de titanes: escindida entre el imperativo categórico que le han inoculado de parte y parte de que no existen términos medios posibles, de que se trata de un todo o nada entre dos ejércitos, entre dos simulacros discursivos, dos Venezuelas que a menudo vemos tan sólo en la pantallita del televisor. Por un lado, el discurso chavista, sustentado en cifras anónimas y en el uso (o abuso, más bien) de la figura del Comandante-Presidente, un cargo en tándem cuyo guión revela la naturaleza híbrida, ambidiestra, deforme de su espíritu. Por el otro, el frenesí opositor cuyo frente más sólido insiste en aterrar a las clases medias con el despojo de sus bienes (materiales o espirituales), y saltándose olímpicamente, la más de las veces, a la masa popular en su desesperado intento por sobrevivir a costa de sí misma. La tragedia, como siempre, ocurre en lo oscuro, lejos de brillo de las cámaras de lado y lado. En ese panorama esquizofrénico, la reflexión, la duda razonable, la sospecha y el reconocimiento al otro no existen. Ambos lados se han convertido en maquinarias de guerra, y sus seguidores en acólitos, en (tele)evangelizadores y predicadores incapaces de ver la paja en el ojo propio, ni de admitir los aciertos del enemigo. Y en ese panorama esquizofrénico, insisto, la cultura no tiene el más mínimo lugar, como no sea al servicio de la propaganda o el ataque partidistas, una cultura comprometida, en el peor de las acepciones del verbo: la de la novia que espera a que el matrimonio se consume. Esa novia es el pueblo venezolano: golpeada, abusada, a la espera de las promesas del marido de turno, y cómplice en su destino aunque todo el mundo la convenza de lo contrario.

4.

Responsabilizarse de sus propios actos es la clave en la madurez del individuo, o eso dicen. Todo aquel que tenga una primita, un hermanito o un sobrinito adolescente sabe que nada de lo que le ocurre hace mella, aparentemente, en su pensamiento: todo es culpa de los demás, de los que “la tienen agarrada” con ellos, de quienes les tienen rabia o les desean mal. La adolescencia es una edad compleja porque se pierde la inocencia de la niñez (si es que eso existe) pero se carece de las responsabilidades plenas del adulto. Ser adolescente es ser víctima constante del mundo: del extranjero, en el caso que nos ocupa, llámese EEUU y la CIA o el sabotaje interno opositor, en el caso del chavismo, o Chávez y la intromisión cubana, china o bielorrusa, en el caso de los llamados “escuálidos”. La reflexión, el arrepentimiento, la revisión y rectificación podrán darse de manera subterránea –quién dice que no—pero jamás en el discurso público, jamás en las pantallas del televisor. Cualquier intento por hacerlo será rápidamente catalogado como traición por un lado o como atentar contra la unidad por el otro; y en ambas circunstancias, a fin de cuentas, prevalecerá el pensamiento mononeuronal, idiótico en su repetición absurda de las propias verdades, en el triunfo absoluto de las máximas goebbelianas del control de la información.

Ambas facciones, especialistas en autodenominarse mayoría y en achacar al otro bando, siempre minoritario y en concordancia con la mano perversa y aprovechada del extranjero, se sumergen alegremente en la xenofobia y el fanatismo con tal de sostener la farsa de la inocencia del pueblo votante, siempre engañado o estafado, siempre a la espera de ser rescatado y de que le cumplan sus expectativas, pues se trata, en el fondo, de la idea de un pueblo demasiado débil y estúpido como para valerse por sí mismo, o como para hacerse cargo de sus meteduras de pata. Un pueblo adolescente, en cuya pobreza no tienen culpa sino los regímenes pasados de lado y lado, como el muchacho que culpa de sus pobres notas al profesor de la asignatura. Y esa inocencia a toda costa no es más que la cara anversa de su infalibilidad, su supuesta guiatura divina, que retrotrae el ejercicio de la política al ámbito de lo mágico-religioso, o su supuesto derecho a hacer valer sus deseos, sus opiniones y sus necesidades por encima de la ley, del pacto social, de las estructuras cuáles sean del Estado. Y sí, los pueblos se equivocan: la historia no es más que el recuento de sus errores y aciertos. Pero un pueblo que no se responsabilice de su historia, es un pueblo condenado a repetirla. Eso lo decía un señor muy mentado estos días.

5.

El punto es, en todo caso, que nadie se plantea la necesidad de una revisión colectiva, de un mea culpa reunificador cuyos principios sean el diálogo crítico y de altura, la opinión informada y la denuncia sustentada en pruebas, y no en rabiosos ramalazos de la bilis; pero eso, claro, toma mucho tiempo, exige mucho esfuerzo, y mucha capacidad de retractarse y rectificar. Y eso, en un pueblo de alma titánica, es un pecado peor que la muerte. Es preferible jugar el juego de la polarización, del radicalismo y la postura fácil pero superficial, que no exige una revisión crítica de las propias acciones y no nos hace pasar por el trago amargo de tener que escuchar las opiniones del otro. Somos un pueblo demasiado irresponsable como para perseguir una voluntad democrática, y si no éramos así antes, pues así nos hemos hecho: tal vez la juventud y desamparo educativo de nuestro pueblo tenga mucho que ver en ello. Se trata del triunfo del discurso acomodaticio y simplista –quizás dos de nuestros peores defectos—y que, en ambos casos, se asemeja muchísimo más de lo que pretende oponerse, imágenes especulares del todo irreconciliables. Reconocer al otro, de nuevo, no parece estar en nuestro orden de prioridades.

Y si no me cree, pregúntese usted: ¿cuándo fue la última vez que escuchó en televisión la frase: “Es cierto, en eso tienes razón”?

Posted 20 febrero, 2012 by Gabriel Payares in Vainas serias

Tú, mi rabia   1 comment

para Virginia Riquelme

Siempre me gustó mucho el cine del director alemán Werner Herzog. Sobre todo en mi adolescencia. Me seducía su realismo épico, casi brechtiano, en el que uno puede desentrañar casi siempre un canto de sirena a la locura megalómana, ya sea en la escogencia misma de los personajes de sus filmes –Aguirre, Fitzcarraldo, Cobra Verde–, como en sus extravagantes escenarios de rodaje, que a menudo requerían una empresa titánica y gigantescos sacrificios para poder completar el cronograma de grabación.

Esa fascinación por la locura de Herzog, constante alegoría vital y fílmica por el despropósito, por la desmesura, hallaban sin embargo en Klaus Kinski, uno de sus actores fetiche a quien conocía desde sus 13 años de edad, su máxima y más descontrolada expresión. Si había algún tirano en las películas de Herzog, aparte del que seguramente encabezaba el reparto, ése era Klaus, un alma atormentada por su propia existencia, incapaz de sobrevivir sin la perenne atención (ya fuera admiración, ya fuera oprobio) de sus semejantes, pero también un actor descomunal, intuitivo, excéntrico y tan comprometido a la ficción y al arte, que era capaz de poner su vida en peligro sin titubeos para conseguir una escena determinada. Los arrebatos rabiosos de Kinski, que podían dispararse en cualquier momento y debido a cualquier detalle insignificante, y durar por dos horas continuas de gritos y maldiciones, eran la brutal contrapartida de su talento estridente, y de una desgarradora sed de protagonismo que sólo podía definirse como maníaca, como una explosiva exaltación de sí mismo.

Kinski era un megalómano, un gigante febril, y en su personalidad sociopática encarnaban los rebeldes y soñadores de Herzog. Dentro y fuera de la pantalla, Kinski era el reflejo vivo de las obsesiones del director, con quien trabó una amistad extraña, estrecha, pero capaz de conducirlos a ambos a instantes de verdadera locura. Durante el rodaje de Aguirre: la ira de dios (1972), en sus estadíos finales después de haber sobrevivido a las durísimas condiciones de rodaje en los páramos peruanos, y a los propios arrebatos de Kinski cada vez que olvidaba el guión –apenas si lo leía– y se descargaba en alguna víctima, o las secuencias largas y extenuantes del director, ocurrió un incidente supérfluo que hizo estallar a Klaus más de la cuenta. Le exigía a Herzog el despido inmediato de un técnico del equipo, y ante la negativa del director, Kinski decidió marcharse de la locación de rodaje. Cuando ya se hallaba montándose en un pequeño bote a remos con sus maletas hechas, Herzog se le acercó a su actor favorito y le advirtió que habían entregado mucho para hacer ese filme, que era por demás mucho más importante que sus rencillas personales o sus emociones, y que no iba a permitir que desertara cuando ya faltaba poco para terminar la cinta. Herzog sabía que Kinski no bromeaba: venía de incumplir numerosos contratos y de suspender su gira teatral como Jesúcristo para participar en Aguirre…, así que le dijo, con el tono más calmo posible, que si insistía en marcharse así, tendría que ir a su camerino en donde tenía un viejo rifle guardado, y antes de que cruzara la esquina lejana del río, tendría ocho balas incrustadas en el cráneo. Kinski también sabía que Herzog no bromeaba. Se conocían muy bien. Así que empezó a gritar, como un poseso, “¡Policía!” a los cuatro vientos, aunque el establecimiento más cercano se hallaba a 450 Km. de distancia. Desde ese episodio, se decía que Herzog filmaba a Kinski apuntándolo con un rifle detrás de las cámaras. Cabe destacar que la actuación de Kinski en las escenas finales del filme fueron de las mejores que se le conocen.

Nadie como Kinski, sin embargo, podía darle vida a los alucinados personajes de Herzog, exigentes caracterizaciones como Nosferatu (1979) o el sufrido Woyzek (1979), siendo este último una de las actuaciones más destacadas que le he visto a Kinski. De otra forma no se explica que Herzog, conociendo el demonio interno del actor, filmara con él seis largometrajes con él como primer actor. E incluso, después de la muerte de Kinski en 1991, un documental en su honor, titulado Mi enemigo íntimo (1999), rindiéndole un justo tributo a él y a su locura, su incontinente rabia hacia un mundo que se negaba a mirarlo constantemente. Kinski era –y con eso comprendo un poco mi fascinación por su carácter en mi dolorosa adolescencia– un niño malcriado, un meteorito que prefería mil veces el impacto catastrófico de la destrucción, al anonimato de la sociabilidad y la mansedumbre. Pero todos estamos condenados a extinguirnos. Hoy en día, Klaus Kinski me parece un personaje trágico: un rabioso y adolorido quijote de sí mismo. Inflexible en su deseo de brillo, fue, en persona y quizás sin saberlo, el más grande de los personajes de Werner Herzog.

Posted 8 febrero, 2012 by Gabriel Payares in Apuntes compartidos

Cita: Sergio Pitol   Leave a comment

… Me enfurecía advertir que el ejercicio de la literatura y las inevitables rencillas que de él se desprendían encubrían a menudo un marcado desprecio intelectual e insinuaban aspiraciones que poco  o nada tenían que ver con las letras. Algunos jóvenes intelectuales comenzaban a buscar un trato más íntimo con el poder que con las musas. Mis sentimientos en relación a los grupos de oposición política, sobre todo de izquierda, con los que de manera ideal me sentía identificado, eran marcadamente contradictorios; deseaba su fortalecimiento, pero al mismo tiempo sus métodos me parecían confusos, limitados y situados a una notable distancia de cualquier elemento de realidad. Más que nada, me enfermaba la retórica hueca del discurso oficial, así como el conformismo de grandes sectores de la población ante la estrechez de nuestra vida democrática y el atraso del país.

Tomado de “Viajar y escribir”, en El arte de la fuga (México: Era, 1996).

Posted 2 febrero, 2012 by Gabriel Payares in Sin categoría

(Quedaremos) Tablas   3 comments

Dice el maestro Lavoe que todo tiene su final, y eso sin duda se refiere también a los objetos, por preciados o detestados que sean. Este es el caso, pues, de un mueble, uno de esos fieles, que lo han acompañado a uno para bien o para mal a lo largo de veinte años, aguantando tres o cuatro mudanzas estoicamente, a pesar de que en la última lo ensamblamos mal y quedó medio choreto. Ahí estaba el mueble, entonces, con su empeño ciego en perdurar, un esqueleto broncíneo de quién sabe qué madera, pues la caja hace rato que dejó de existir, unido por sus fieras piezas de metal, aguantando solazos eventuales, pesos brutales de libros y más libros y enciclopedias, y si nos remontamos al tiempo, en su momento una colección de latas de refresco, un televisor con su nintendo encima, una pila gigantesca de revistas, un globo terráqueo mediano con su pie de metal, y un montón de cosas a las que, con el tiempo y la distancia, uno califica de “mierdero”. La única muestra de fatiga de este pobre y noble trabajador era, para ser sinceros, la apertura en abanico del pie de ciertos tablones, probablemente reparables o ignorables por unos años más, y la muerte súbita de las bisagras del pequeño gabinete con que cerraba su parte inferior derecha. Era, lo confieso, un caso perfectamente rescatable, pero era, también, una ruina, una reminiscencia de la niñez, la odiosa pubertad, la casa paterna, en fin, un grillete afectivo, un recuerdo corpóreo. Y con esas resoluciones bobas del año nuevo, cuando uno mira a su sala y se aburre de lo mismo y se cansa de ver los mismos muebles polvorientos que, por otro lado, sería dificilísimo mover de un sitio a otro para tener una sensación de novedad, como una suerte de colosos arodillados, con esa determinación, decía, opté por salir de él y de su entereza de la manera más baja posible.

La traición comenzó en mi caja de herramientas, y en un destornillador de cabezales, que versátil como cuchillo asesino permitió sacar los tornillos especiales cuya manivela había desaparecido en algún instante olvidado de la existencia. Una vez vencido ese obstáculo, los demás tornillos no opusieron mayor resistencia, y en quince o veinte minutos, después de haberlo vaciado de su contenido, el mueble se desgonzaba como presa de un ataque de apoplejía. Sus brazos, otrora macizos y fuertes, cayeron al suelo con un crujido de presentimiento, mientras las tablas principales, corazón de madera aún intacto, se desprendían entre sí con un último gemido. Cuando me detuve, finalmente, asistido por la Morena en mi cruel empresa, lo que había ante mí ya no era un mueble, sino un “mierdero” de tablas. Las apilamos en la entrada, percatándonos de su peso y de lo doloroso que sería recibir un golpe con ellas en el dedo pequeño del pie, y entonces tuve mi súbito ataque de conciencia: “¿No deberíamos guardarlo en el maletero?”. El plan, sin embargo, se decidió en el trayecto, cuando en lugar de arrastrar el cadáver, envuelta la primera parte de sus miembros en la caja de cartón de su reemplazo ya comprado -cruel ironía-, hasta el lejano maletero en el edificio de al lado, lo dejamos reposar entre la basura en la esquina, de pie, como un veterano de guerra al que el gobierno manda a vivir en un basurero, después de que éste ha sacrificado su cordura o sus miembros defendiendo la patria en el extranjero. Metáforas aparte, la cosa era conmovedora.

Trompeteando un réquiem militar con los labios entrecerrados, nos despedimos del guerrero caído, transformado ahora en cadáver insepulto (o al menos en sus brazos, o tripas, algo así), y subimos a buscar el resto, casi 10 tablones incómodos y duros. Obviamente, no bajamos más: decidimos aplicar la operación Tomorrow, y dejarlo para mañana. La lección, igual, estaba aprendida: el pasado pesa.

Desde ese día, cada mañana, al salir para el trabajo esta misma semana, he bajado conmigo una tabla, y la he depositado en la basura de la esquina, y allí las he dejado, inclementes e inflexibles incluso en su despedida. El primer día, quiso la memoria que a mitad de camino, no muy lejos, me tuviera que devolver a casa a buscar mi almuerzo, y al pasar por el lugar, no más de media hora después, ya la tabla no se encontraba allí. Había sido rescatada -o secuestrada- por algún ciudadano más compasivo que yo, y me la imaginé ahora intervenida aquí y allá, convertida quizás en mesa, o entrepaño, o en tabla para echarse bajo el carro, o en alguna otra cosa que no puedo imaginarme. Tal vez alguien la recogió y la guardó en su maletero, a dormir el sueño de los justos. Lo cierto es que aquello se repitió una, dos y tres y cuatro veces, con todas las tables que he logrado bajar en la mañana, tanto así que he estado tentado a bajarla y esconderme en casa, so pena de faltar al trabajo, para ver quién era el buen samaritano que se adueñaba de mi desecho. No lo hice, quizás para salvaguardar en misterio la identidad de ese valiente ciudadano, pero tengo la firme sospecha de que, una vez adueñado de las tablas y quién sabe si de los tornillos que metí en una bolsita y boté junto a la primera tanda de miembros cercenados, procederá a rearmar el mueble en su casa, y a ponerle encima libros, un televisor con su Wii o Xbox conectado y encima, una colección de latas de refrescos, un mierdero. Todo regresa a su posición original.

Y me da gracia pensar que haya alguien adueñándose de mi pasado, construyéndolo en su propia casa como quien revive al monstruo de Frankenstein, y es por eso que planeo, cuando ya quede tan solo una última tabla, llevármela al trabajo y botarla por allá lejos, donde nadie pueda vincularla conmigo, o quién sabe, tal vez la arrastre hacia abajo, hacia el edificio de al lado, y la guarde en mi maletero para siempre. Sólo así quedaremos tablas.

Posted 19 enero, 2012 by Gabriel Payares in Sin categoría

Cita comentada: Miyó Vestrini   Leave a comment

“[Los colectivos de los 50 y 60] fueron experiencias llenas de vitalidad, que nunca llegaron a cristalizar. Somos una generación quemada, perdida. Una generación de frustrados” (1976)

Me invita a la reflexión esta cita de Vestrini. Quizás la suya fuera una generación de frustrados, como ella misma lo dice, porque habiendo tenido tanta juventud y tan frondosa en grupos literarios,  nombres importantes y propuestas revolucionarias de ideologías radicales, en fin, una época frenética y abundante, el futuro con sus adomercimientos y su crisis eterna, su lenta y opulenta descomposición del país y de sus instituciones, representase para ellos la confirmación absoluta del fracaso de los entusiastas, el inicio de la era de los desesperanzados y de los cínicos. De ser así, Miyó lo previó, y escogió suicidarse antes que languidecer y fosilizarse.

Nosotros, quienes hoy recordamos a esa “generación perdida” como los habitantes de una suerte de época dorada o, al menos, una etapa pródiga y abundante, somos en cambio una generación desconsolada, nacida sobre sus propios sueños rotos y guiados en la vida por la máxima de que ésta está en otra parte. Añoradores de oficio, nos tocó en suerte presenciar cómo el país pretende la vuelta a su propio cascarón, y cómo, en un panorama de grandilocuencias y de cifras altísimas de homicidios semanales, entre pobreza y marginalidad y precios históricos del petróleo, nos tocó sabernos extranjeros, pues todo nacionalismo oculta y entraña -compensa- una extranjerización galopante. Nuestra Venezuela no le pertenece, no le compete, a nadie. Tenemos un país prestado, portátil, móvil. Nosotros somos la generación del desbarrancadero, quienes miramos al futuro hacia abajo y con pavor, mientras soñamos con las alas que a nuestros ancestros les rompieron.

“No creo que mi generación signifique nunca nada, para nadie”, decía Miyó, y nos asombra hoy en día cuánto se equivocaba.

Posted 9 enero, 2012 by Gabriel Payares in Citas (a ciegas)

Cinco artificios para no temerle a la muerte   Leave a comment

Aprovecho el año nuevo para intentar una nota más positiva, paulocoelianamente hablando. Después de meses de estrés postraumático, terapia, lecturas y dudas existenciales, he encontrado las siguientes 5 razones para no tenerle tanto miedo a la muerte, y decidí compartirlas por acá para el consumo de a quienes, como a mí, interese pensar la muerte en términos menos angustiosos. Se trata de artificios, pues no hay manera alguna de ni comprobarlos ni asegurar su validez, y por esa misma razón son todos igual de posibles e igual de útiles. El orden es más o menos arbitrario, pero digamos que obedece a la memoria, cuyos caminos son, como las que le atribuyen a Dios, misteriosos.

1.- Cuando la muerte está, yo no estoy.

Ésta se la debo a mi gran amigo Carlos, y al parecer proviene de la antigua Grecia. El razonamiento es simple: si con la muerte dejaré de existir como tal, entonces jamás conoceré la muerte: simplemente se interrumpirá mi conciencia de pronto (quizás) y no sabré más de mí, por lo tanto no sabré tampoco nada de la muerte como tal. ¿Y no ocurre así cuando dormimos? No sabemos en qué instante caemos, y de no ser por el sueño, volveríamos en nosotros a la mañana siguiente. Bueno, la muerte es un sueño sin sueño y sin mañana.

2.- “La muerte es un despertar”

Ésta es quizás la razón más convencional y pendeja de todas, sobre todo porque nos la han machacado en miles de películas y de relatos, y en el fondo no es más que el pensar la vida como sueño: volvernos Segismundo. Incluso películas recientes como Matrix o Inception no hacen sino reforzarnos esta idea tranquilizadora, proveniente en el fondo del cristianismo neoplatónico: la vida es sólo un sueño, y al despertar hay otro más allá, o una vida eterna, o un sitio en donde se hará justicia, o lo que sea, pero hay algo. La lucha contra el vacío es indispensable en estas lides, y bueno, si algo se ha mantenido durante tantos siglos de civilización y barbarie, ¿quién sabe? quizás tenga algo de cierto. Quizás la existencia no sea sino un juego de burbujas concéntricas. Ya nos enteraremos.

3.- “La muerte es un viaje”

Otra idea bastante convencional, derivada de la anterior. No se puede viajar si no hay un destino, ¿verdad? Pues a mí me interesa más una variante muy particular al respecto, y que apunta a la inconsciencia como bote salvavidas de la muerte. Morirse es perder la conciencia, tal y como dormir, y se supone que si hay un destino lejano posterior a la defunción (el futuro, por ejemplo, a la Walt Disney), no sentiremos el paso del tiempo y de los milenios hasta que por fin volvamos a existir, ya sea por razones mágicas, místicas o tecnológicas. Despertaremos a quién sabe qué, o cuándo, o dónde, y no habrá pasado para nosotros sino algunas fracciones de segundo, pues no percibiremos la eternidad que nos separa del aquí y ahora de la muerte, del allá y siempre de la resurrección. La muerte, vista así, dura apenas unas fracciones de segundo.

4.- Vivir es aprender a morirse

Así de simple: hay tiempo para hacer las paces con la idea. Sé que la muerte está a la vuelta de la esquina, en ese paso en falso que darás en la escalera, o esa copa de más antes de irte a casa en tu carro, o en esa salida nocturna que tanto tiempo planificaste y que terminó en atraco. Más en un lugar como el que habitamos, en el que mueren más de 600 personas en la temporada decembrina. Cifras oficiales, sí. Pero aún así, hay elementos vitales que lo enseñan, creo (y espero), a uno a morirse. La muerte de los padres es uno, quizá el más importante. Luego está la vejez, y en medio hay, con fortuna, unos buenos 40 años de plazo para hacer algo trascendente y sentirse satisfecho. Tener descendencia, visto así, tiene todo el sentido del mundo: aprender de los padres hasta que luego aprendas de los hijos. En todo caso, este consejo es básicamente el de centrar la energía psíquica en la vida y no en la muerte: Carpe Diem, como decían los romanos. La vida es corta, pero los días son largos. Tengo la esperanza de morir viejo y decidido, sintiendo curiosidad por la muerte, hastío por la vida o lo que sea. Todo menos angustia y horror al vacío.

5.- La muerte es un cambio de perspectivas

Creo que en esto último se resume todo. Pensar el universo a partir de la muerte tiene el efecto de hacer ridículas todas las asunciones. ¿Ciencia? ¿Religión? ¿Filosofía? Fotografías, apenas, de un gigantesco fresco que nuestras miradas, limitadas obligatoriamente al período de nuestra existencia, no alcanzan a vislumbrar. ¿Será la muerte la revelación (“apocalipsis”) de todas esas perspectivas inaccesibles? ¿Habrá en la desaparición algún tipo de certeza a ganar, algún tipo de justicia a la que aspirar? Vista así, la muerte es pura ganancia: es la revelación de lo inaccesible en la vida, la aparición de lo invisible, la comunión con lo imposible. La muerte ha de ser el anverso de la vida, y no su mera suspención. Quizás no lo sea, claro. Quizás la muerte sólo sea el vacío existencial y ya. Pero en ese caso, todo, vamos, todo lo que a la muerte pueda seguir, sea lo que sea, es ganancia. Entre el dolor y la nada, escojo el dolor sin dudarlo. Y si no, si todos vamos de cabeza al vacío infinito y somos del todo irrepetibles, al menos tendremos el consuelo de haber existido, ¿no? Y siendo así, morir es volver al estado inicial, a esa nada de la que provenimos y de la que no recordamos nada. Esa nada a la que nos asomamos cada noche, entre sueño y sueño. ¿Qué tan malo puede ser, si ni siquiera podremos percibirla? Como diría Eugenio Montejo en “Sólo la tierra”: “Más que al silencio de la tumba / temo a la hora de la resurrección: / demasiado terrible / es despertar mañana en otra parte”.

Posted 7 enero, 2012 by Gabriel Payares in Vainas serias

29   1 comment

Los 29 años son el último peldaño en el ascenso, antes de la meseta de los 30-40: uno ya siente la brisa de la cima, pero aún no puede ver del todo el camino a seguir. Y si uno voltea, para bien o para mal, puede mirar el ascenso y preguntarse si será igual de empinado cuando nos toque descender. La veintena termina, pues, y me deja el recuerdo de: Años de estudio y de formación, de dar con muchos de los amigos que hoy me acompañan, y con otros que ya no pueden hacerlo en persona por la distancia, pero sí a través del Internet. Dolorosas relaciones de pareja que sin embargo dejan un enorme aprendizaje. Uno aprende a escoger mejor. Verbigracia, morena. El despertar de los proyectos embrionarios de escritura, y junto a ellos la “conciencia trágica” de la que tanto uno oye hablar pero no descubre sino hasta que tiene su primer accidente de tránsito. Mi primera publicación, mis primeros premios, mi primera tomografía cerebral. También despierta la conciencia política, es decir, comienza uno a hacerse preguntas que nadie sabe responderle. Confío en que a futuro encuentre uno sus propias respuestas en el tiempo.

La veintena, en fin, estuvo bien. Hice menos de lo que hubiese querido, pero más de lo que puedo ahora recordar. Y de eso, finalmente, se trata este asunto de ir acumulando años, creo, marcando líneas imaginarias en la pared, acumulando cicatrices pero también nombres que escribir en la agenda con una sonrisa. En fin, hasta aquí, ya me puse casi treintón y cursi.

 

Posted 24 noviembre, 2011 by Gabriel Payares in Postales

Las otras ruinas circulares   2 comments

Siempre es incómodo hablar en términos generacionales: quien lo hace corre el riesgo de alzar en el nombre de muchos un estandarte. Por eso en las líneas que siguen trataré, en todo caso, de hablar desde una perspectiva mía, única, personal. Pienso que a quienes nacimos en la década de los ochenta nos correspondió en suerte empezar a escribir rodeados mayormente de ruinas: las de un sistema educativo formal, por ejemplo, que hace mucho extravió su norte y se vino abajo, en franca y abierta demostración del poco interés que suscita al venezolano la construcción de sus generaciones futuras; pero también las ruinas de una cultura ciudadana, manifiesta en el aspecto postapocalíptico de nuestras malqueridas ciudades, en nuestro vergonzante comportamiento político o en la brutal cuota de violencia que día a día nos anestesia y desensibiliza en torno a la muerte y al sufrimiento. Un país en ruinas, pues, para reiterar el cliché periodístico. Me temo que esta no será una lectura esperanzadora.

Pero no es mi intención repetir aquí lo por todos sabido, sino adueñarme durante un rato de esa metáfora: las ruinas son, al mismo tiempo, remembranza de un antiguo proyecto y tótem de un deseo futuro, y es ésa precisamente la idea que rige nuestro imaginario particular de lo patrio: como todo tiempo pasado fue siempre un tiempo mejor, hemos escogido esperar a que mágicamente se repita; somos los deudos del cadáver de Bolívar, esperando el instante en que se yerga de su tumba bicentenaria y nos rescate. El término “ruina”, por otro lado, entraña la palabra “ruin”, cuyo significado más obvio se vincula con un estado de degradación moral, de maldad, de vileza. Y no es casual: nuestra crisis es, ya se ha dicho lo suficiente, una profunda crisis moral, de la cual tanto el cine como la literatura han intentado hacerse eco, puede que no de la manera más efectiva. Basta con recordar el cine de los años 90, incapaz de superar el asombro ante las crecientes comunidades marginales en el país, o la producción literaria de más o menos la misma época, obsesionada a medias con hallar respuestas en el referente histórico nacional, como esa vertiente de la novelística que Luz Marina Rivas ha bautizado como “intrahistórica”, y por otro lado con la idea de rendir cuentas a una realidad cada vez más agreste, quizás como una estrategia para digerirla: hacerla narrable, resumible, cuantificable.

Del modo que sea, la conclusión a que esto conduce nos fue ya anunciada por el gran Juan Liscano, cuando afirmó que nuestros creadores sucumben desde siempre ante un deseo imperativo de realismo, de compromiso del artista para con su momento histórico correspondiente, en franco detrimento sin embargo del despliegue de sus mundos interiores. El ejercicio de la ficción, al parecer, constituye en nuestro país una forma de culta referencialidad, y de obediencia, muchas veces, a un mandato político que asume como rol del escritor el de concientizar a las masas, de “abrirles los ojos” ante la realidad, como si el pueblo estuviese dormido y expectante, a la espera de que algún iluminado les señale el camino o hable en su representación. Se trata, visto así, del equivalente literario del populismo, cuya evolución más reciente propone escribir para un lector “básico”, “de a pie”, “cotidiano”, cual lectura para impedidos, y que en muchos casos sólo es la excusa para ocultar el poco vuelo poético de quien escribe. Se debe desconfiar, pienso, de quien propone una literatura vacacional, descafeinada.

Algo semejante acusaba el crítico Carlos Sandoval en una reciente edición de la Bienal Mariano Picón Salas, cuando refería la predominancia, en nuestra narrativa del siglo XXI, de propuestas incapaces “…de superar lo anecdótico y descriptivo”. Nuestro músculo ficcional, al parecer, continúa igual de laxo que antes, a pesar de que la inaguantable crisis social, a la que vino a sumarse una crisis política, tenga ya actores más populares que se ocupan de ella, como periodistas y analistas de datos, politólogos o encuestadores, y de que el discurso histórico, que hoy en día retumba con mayor volumen que nunca, sea terreno de eruditos en la materia y de historiadores. ¿En dónde está, entonces, el papel, el lugar del escritor hoy en día?

La respuesta no es una sola. Para algunos está bajo las luces y las cámaras, en cientos de fotografías etiquetadas en Facebook, nuevas vedettes del rey desnudo, del escritor que nunca escribe, o en listados interminables de blogs y de páginas web de variada y a menudo contradictoria valía poética. Para otros se halla anclado a la idea de ciudad, en la descripción del entorno urbano como cronistas de indias posmodernos, empeñados en combatir el desgastado discurso ruralista y épico de la independencia con una paradójica exaltación de nuestra paupérrima modernidad. Y para muchos, muchos menos, el lugar del escritor está en lo oscuro, bregando con el lenguaje para intentar hacerse de un mundo propio, un “pastito interior” ‒como diría el Miguelito de Quino‒ que le permita sobrellevar (o no) la aplastante y autónoma realidad venezolana. Así lo diagnosticaba también, pidiendo “Más ficción y menos realismo”, la narradora trujillana Carolina Lozada en una entrevista reciente, preocupada por la miopía con que parecemos contemplar el oficio de la escritura, miopía que se agrava con el déficit de editores especializados en el país y que además olvida que el compromiso de todo escritor es primero con la ficción, con la poesía, con hallar las respuestas a la vida en un lenguaje propio y autónomo, libérrimo aunque verosímil, es decir, con la producción de claves interpretativas no sólo del país y del mundo, sino también de sí mismo: el compromiso del escritor ha de ser profundamente subjetivo, y ha de ser prioritario en su vida.

Quizás por pensar de esta manera me haya tocado insistir, a lo mejor neciamente, tercamente, estúpidamente inclusive, en desconfiar del desmesurado afán celebratorio al que solemos ser tan propensos. La reciente multiplicación de voces jóvenes dispuestas a incursionar en el campo de la escritura ha sin duda de contentarnos, pero no tanto como para afirmar la existencia de un boom, o mucho menos de una época dorada de nuestra narrativa, afirmaciones irresponsables que no hacen más que subir la barra más allá de lo alcanzable, sentenciándonos luego a conformarnos con lo existente, pues como dicen los amigos invisibles, “esto es lo que hay”. Un flaco favor, en mi opinión, para quienes tenemos la esperanza de ser leídos, y que resulta hoy más doloroso, a la luz de la implacable recesión que sufrimos en el terreno editorial. ¿Dónde están hoy las voces que cantaban nuestro avance indetenible, nuestra época de oro, nuestro florecimiento editorial? Resulta irónico, por demás, que celebráramos una literatura realista sin tener los pies puestos sobre la tierra, ignorando el hecho de que en cuestiones literarias, uno, dos y tres libros publicados sean poco más que el comienzo de una carrera, y no la cúspide ni mucho menos la meta, y que la complacencia, el facilismo y la inmediatez, condiciones tan afines a nuestra triste idiosincrasia, juegan una vez más, tal y como en otros predios de la experiencia, abiertamente en nuestra contra. Moraleja: no hemos de querer resucitar, cual sacerdotes vudú, ese pasado mejor que nuestras abundantes ruinas acusan. El camino está, más bien, en la exigente maduración de nuestros incipientes talentos y bondades: si no supimos nunca sembrar el petróleo, al menos aprendamos a cultivar la paciencia. Ya lo decía Cadenas: “la cultura es cosa de paciencia”.

Y me gustaría, en ese sentido, cerrar recordando lo que el buen Ednodio Quintero tuviese a bien compartir un día conmigo, producto de sus lecturas del argentino César Aira: me decía el Samurái de Los Andes que existen dos vías para convertirse en escritor, a saber: publicar primero y escribir después, estrategia que garantiza un pronto acceso a la fama, o escribir primero y publicar después, con lo cual se apuesta más bien por los rigores de la trascendencia. Y ya que será el tiempo quien decida el trigo de la mala hierba, procuremos entonces mantener los pies sobre la tierra, y en el mejor de los casos, y parafraseando a un célebre pintor español, dejemos que el tiempo nos consiga escribiendo. Lo demás, me temo, son nuevos espejismos.

Muchas gracias.

Gabriel Payares*

* Texto leído en la Universidad de Carabobo, Valencia, por invitación de las Jornadas de Voz Creativa 2011. Fotografía de mi autoría también.

Posted 18 noviembre, 2011 by Gabriel Payares in Vainas serias

Ejercicios de microficción   Leave a comment

Las Malas Juntas han tenido a bien publicarme en su revista algunos ejercicios de Microficción, sugidos a partir del evento de microcuentos al que asistí en FILUC y del éxito aparente que tuvieron entre el público mis primeras tentativas con el género. Pueden echarles un ojo acá: http://lasmalasjuntas.com/2011/11/10/ejercicios-de-microficcion/

Posted 11 noviembre, 2011 by Gabriel Payares in Auto(r)promoción

Una lectura rápida a The Walking Dead   2 comments

 Confieso que desde el 2do episodio de la primera temporada, la serie me decepcionó enormemente. No sé si se deba a mi predilección (e incluso estudio académico) tanto del género de las películas de zombis como del arte secuencial, pues esta serie se inspira en una exitosa línea de cómics homónimos que aún continúan saliendo y que son excelentes. En todo caso, la he seguido viendo por curiosidad, y eventos recientes de la segunda temporada parecen estar recuperando el potente espíritu de la historia original (no porque deba ser fiel a ella, aclaro desde ya, sino a su espíritu, tendría que ser una buena traducción fílmica), acercándose un poco más a la línea de cuestionamiento moral que el cómic empuña con fuerza, y que en la primera temporada estaba diluido, edulcorado, una versión Disney en la que los buenos sobreviven y los malos son feos y apestan. Nada que ver con la escuela de George Romero, sino más bien en la tradición de “El regreso de los muertos vivientes” I, II, III, IV y V de los 80 y principios de los 90. Aun así, me gustaría compartir algunos apuntes sobre la serie y el cómic, no comparándolos como original y copia, sino en términos narrativos y semánticos, quizás políticos.

Rick Grimes. En este personaje se centran mis mayores dudas respecto a la serie televisiva. El protagonista de esta historia lo es, por una razón específica: encarna la macabra torcedura moral y política que sobrevivir en un mundo repleto de zombis y en constante guerra y desconfianza con los demás supervivientes le ocasiona a un personaje que, inicialmente, representa el orden, la ley, la esperanza de que el mundo “vuelva a la normalidad” y de que hallen una cura para el problema zombi. Rick pasa de ser un policía abnegado a ser un tiranuelo cruel, fuera de control emocional y desesperado hasta el cinismo por salvar a su familia, en especial a su hijo Carl. Eso significa que los códigos éticos y morales que él encarna, deben transformarse en un mundo que ya no reconoce el contrato social. Con el zombi no se puede razonar, no se puede dialogar, es una fuerza de la naturaleza, vale, pero con los sobrevivientes sí, y el fracaso en reorganizar el mundo bajo una consigna política afín (para empezar, cada quien tiene una visión específica en torno a los zombis: hay quien los liquida, hay quien los guarda en un granero para esperar la cura, etc. También hay quienes han abrazado el canibalismo, hay quienes intentan empezar de nuevo viviendo en fortalezas, en fin.) es clave para entender cómo Rick abandona esas esperanzas y abraza el camino de la supervivencia a toda costa, estando además al borde de la locura. La serie, de momento, nos ha propuesto un Rick Grimes ultraconservador, que se mantiene impoluto, casto, aburridamente monocorde en medio del desastre, como un santo de iglesia. Lo vemos al inicio de cada capítulo uniformado e incluso con su sombrero, su placa, su cinturón con walkie-takie y demás aparejos, en fin, investido aún de policía, y de policía bueno. Su talante sigue siendo, sin variaciones, el del héroe legal bueno, comprometido con la recuperación del status quo (la absurda expedición al centro de control de enfermedades así lo demuestra, para, además, no resultar en absolutamente nada) y con una postura inflexiblemente justa, incapaz del egoísmo, de la violencia gratuita o de la tiranía. Su compromiso con el núcleo familiar que encabeza no cambia ante las sospechas de infidelidad de Lori, su mujer, hechas convenientemente a un lado por los guionistas de la serie, a quienes esto sin duda no pareció un punto de importancia en la serie (¡¿y cómo no?!), sino que lo hace un personaje aburrido y flojo, interpretado además por un actor soso y parco, que refuerza estas sensaciones.

Esto genera un contraste brutal con Lori, su mujer, mucho mejor interpretada y quien al contrario de la serie dibujada, en la que representaba una postura muy conservadora de alguiencriado al sur de los EEUU, ahora se muestra como un personaje más profundo, que ha ganado en reflexividad y que carga con las dudas existenciales y morales en un depresivo plantearse y replantearse el sentido de la supervivencia en un mundo tan agreste. Es una suerte de superego femenino al que Rick acude constantemente por validación, cada vez más débil e infantil en su empeño obstinado por permanecer inmutable y puro. Uno se explica perfectamente el triángulo amoroso con Shane, pero claro, las ataduras matrimoniales, revividas con la reaparición de Rick al inicio de la serie, se imponen al mundo caótico en esta versión televisiva tan retrógrada y poco cuestionadora. En el cómic, uno esperaba el estallido del pleito matrimonial que rozaba cada esquina; en la tv, ni asomo de ello. Un matrimonio feliz, blanco y norteamericano, que sobrevive las tribulaciones propias del fin del mundo sin mancharse las manos en el camino.  No hay comparación posible entre el Rick Grimes llorón y necio de la serie, que ante las dudas existenciales de su mujer se muestra incapaz del diálogo (“No lo acepto, no acepto eso” es su argumento para convencer a su mujer de que vale la pena seguir viviendo) con el protagonita del cómic, quien rápidamente renuncia a su uniforme de hombre de ley y traza un único compromiso con la supervivencia, incluso si eso significa perder una mano y no poder disparar más, o asesinar a sangre fría a un hombre que podía echarlos de su mejor refugio, o explicarle a sus compañeros sobrevivientes que ellos, los que le roban cada respiro a la muerte que los rodea, son los verdaderos muertos vivientes, y que por lo tanto sobrevivir les va a costar sangre: propia o ajena.

Shane. El antiguo compañero de Rick y ahora contendor en los requerimientos de su esposa, ha heredado de Rick el papel de héroe monstruoso, a pesar de que se insista en atarle a los lazos de la amistad con él y con su esposa e hijo, y se haga caso omiso, más allá de un par de maltratos al niño, o del episodio del intento de violación que queda completamente bajo la alfombra, de la brutal soledad que acompaña al personaje, y que en el cómic lo lleva a tratar de asesinar a Rick para quedarse con su familia como propia. Este incidente es clave en la construcción del personaje de Rick, pues le enseña que ya nada, nada volverá a ser como antes. La decisión de evitar este incidente, que en el cómic termina con a muerte de Shane, permite que sea este último el chivo expiatorio del protagonista, que sea quien se embarra las manos mientras el otro reza, y le permite ser el poli bueno hasta el final, mientras él acomete -como en el episodio en el que le dispara a Otis para que los zombis se lo coman y poder así escapar con los implementos que le salvarán la vida al niño de su amigo- las acciones más monstruosas pero necesarias y soporta el dilema moral de ese peso. Ese cambio brutal se refleja, además, en la magnífica secuencia de la serie en que Shane decide raparse el cabello, para ocultar las señales de lucha con Otis, pero también asumiendo el cambio moral en el cuerpo: Shane no volverá a ser el mismo.

De esta manera, la serie puede prolongar la alianza matrimonial de los protagonistas, débil en la serie ante la imposibilidad de un personaje tan enclenque como Rick de lidiar con los episodios filosóficos de su mujer, teniendo por lo tanto que conmoverla a través del llanto o las anécdotas felices del mundo como era, en una suerte de nostalgia que le imposibilita para tomar las riendas del presente, o a través del deus ex machina de los guionistas, que suele ser producto de los sacrificios de Shane, la gran víctima del relato. El triángulo amoroso, en ese sentido, que en el cómic se ¿resuelve? en lo inmediato por la conveniente muerte de Shane a manos del niño Carl (de este último hablaré un poco más adelante), una muerte que no cae en las manos de Rick sino en las del niño, y por lo tanto le permite a Rick mantener su conciencia tranquila un rato más (no mucho, a decir verdad), se perpetúa en la serie pero de manera inocua, es decir, obviando la influencia de Shane en Lori, como si no pasara nada. ¿Quizás se deba a una cierta reticencia de los guionistas a romper la familia blanca americana, negándose a sacrificar las estructuras sociales del presente en un mundo en pleno caos? Recuerdo, en el cómic, al personaje de Carol, una chica emocionalmente desequilibrada pero aguda en sus planteamientos, quien propone matrimonio a Rick y a Lori, pues, ¿quién iba a decirles que no podían hacerlo, si el mundo se había acabado y con él las legalidades y demás impedimentos? Lori, claro, se opone. Habrá que ver qué hacen los guionistas de la serie.

Carl. El niño de Lori y de Rick es un personaje central del cómic, y poco más que un estorboso accesorio en la serie. Evitar el episodio de la muerte de Shane por Carl también impide uno de los centros neurálgicos del relato familiar, que apunta a que Rick puede hacer todo lo que pueda para mantener vivo a su hijo, pero no puede hacer nada por preservar su inocencia. En ese sentido este relato dialoga con The road  de McCarthy, en el que el padre intenta construirle al hijo un código moral que le permita adaptarse a las crueldades de un mundo acabado (y el rotundo fracaso del padre es, que tras su muerte, el niño debe ser adoptado por una familia putativa, algo muy poco probable en ese mundo de mierda), y adversa propuestas como la de La vita é bella de Roberto Benigni, en donde el padre hace todas las peripecias posibles, e incluso se sacrifica a sí mismo, para ocultarle al hijo los horrores de la 2da guerra mundial que están viviendo. Rick, en el relato original, debe contempla cómo su hijo paga el precio moral de la supervivencia, descendiendo en el espiral de la humanidad, algo perfectamente evidenciable cuando Carl asesina a otro niño, uno de los gemelos de Donna, pues no hallan qué hacer con él después de que éste a su vez asesina a su hermano gemelo, “porque no pasa nada, ya va a regresar a la vida”. Un niño amoral, psicópata juvenil producto de un mundo horrible, es asesinado por otro, quizás igual de psicopático, pero cuyos padres están allí para protegerlo. Carl se vuelve el reflejo viviente de la moral cada vez más violenta y desesperada de Rick, y se convierte así en su sucesor y en su heredero en la lucha por sobrevivir a todo y a todos.

En conclusión, la serie ha manejado el guión en pro de defender a la familia como base social necesaria: ha ignorado el embarazo de Lori, que en el cómic nunca se sabe si era de Rick o de Shane, por ejemplo, incluso si eso significa el empalidecimiento de los personajes principales y del relato, que ha dejado de responder a la pregunta: ¿quién es realmente la bestia? que entrañan estas historias de zombis. Los recientes giros de Shane, sin embargo, dan ciertas esperanzas; habrá que ver por cuánto tiempo el propio guión, ya basante resentido por los frecuentes cabos sueltos e incongruencias, amén de episodios enteros reiterativos e inútiles, sigue centrando su punto de vista en la amenaza zombi y el vaquero que la sobrevive, en lugar de dar el giro romeriano a la historia y enfrentar, del todo, y en palabras del Rick del cómic, que “We are the walking dead”, o como diría la chica del remake a The night of the living dead: “They’re us. We’re them and they’re us”.

Posted 4 noviembre, 2011 by Gabriel Payares in Apuntes compartidos

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